11.6.11

CLASICE LISPECTOR I 




"Un día, antes de casarse, cuando aún vivía su tía, había visto a un hombre comiendo con glotonería. Había visto aquellos ojos desencajados, brillantes y estúpidos, mientras intentaba no perder ni el menor sabor del alimento. Y la mano, las manos. Una de ellas sujetando el tenedor clavado  en un pedazo de carne sanguinolenta -no silenciosa, ni quieta, sino vivísima, irónica, inmoral-, mientras la otra se crispaba sobre el mantel, arañándolo nerviosamente, ya con el ansia de comer un nuevo bocado. Debajo de la mesa las piernas marcaban el compás de una música inaudible, la música del diablo, de la pura e incontenida violencia. La ferocidad, la riqueza de su color... Rojiza en los labios y en la base de la nariz, pálida y azulada bajo los ojos menudos. Juana se había estremecido horrorizada delante de su pobre café. Pero después no sabía si fue de repugnancia o de fascinación y voluptuosidad. Seguro que de ambas cosas. Sabía que el hombre era una fuerza. No se sentía capaz de comer como él, era sobria por naturaleza, pero aquella demostración la perturbaba. También la emocionaba leer las terribles historias de los dramas donde la maldad era fría e intensa como un baño de hielo. Era como si hubiera visto beber agua a alguien y de pronto hubiera descubierto que ella tenía sed, una sed vieja y profunda. Tal vez fuera sólo falta de vida: estaba viviendo menos de lo que podía y su sed tal vez pedía inundaciones. O tal vez sólo unos sorbos... Es una lección, es una lección diría la tía: nunca hay que adentrarse, nunca hay que robar antes de saber si lo que quieres robar existe en alguna parte honestamente reservado para ti. ¿O no? Robar hace todas las cosas más valiosas.
El gusto del mal -masticar rojo, engullir fuego empalagoso.
No debo acusarme. Tengo que buscar la base del egoísmo: todo lo que no soy no me puede interesar, es imposible ser algo que no se es -sin embargo yo me excedo a mí misma incluso sin el delirio, soy más de lo que suelo ser normalmente-; tengo un cuerpo y todo lo que haga es continuación de mi principio; si la civilización de los mayas no me interesa, es porque nada tengo dentro de mí que se pueda relacionar con sus bajorrelieves; acepto todo lo que viene de mí porque no tengo conocimiento de las causas y es posible que esté hollando lo más vital sin saberlo; y esa es mi mayor humildad, adivinaba.

Fragmento de Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector. Capítulo 2

9.6.11

DE LA ORACIÓN I
PREPARAR Y DISPONER
Fragmentos de Cuéntame cómo rezas. Orar en primera persona, de Carlos G. Vallés
 
Mi padre Ignacio* comienza sus célebres Ejercicios Espirituales  comparándolos, en su clásica introducción, a los ejercicios corporales: «Así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales, por la mesma manera todo modo de preparar y disponer el ánima..., se llaman exercicios espirituales». Y me aprovecho de esta comparación para aplicar a los ejercicios de oración el buen consejo de los ejercicios físicos: lo sabio es escoger una manera de oración diaria que nos sea agradable practicar. Si no es así, pronto la dejaremos o, lo que en mi opinión es peor, ese rato diario de oración se transformará en algo rutinario, forzado, esclerotizado, que puede hacer más mal que bien, secando energías y endureciendo actitudes. Es esencial que el ejercicio nos guste si queremos perseverar en él.
[...] Después agarré la bicicleta. Mi ciudad de Ahmeabad y sus alrededores son totalmente llanos y una bicicleta sólida y pesada, sin cambio de marchas, es el vehículo ideal entre e tráfico espeso y animado de sus calles y carreteras. Ni yo mismo sé los kilómetros que habré recorrido pedaleándo alegremente por asfaltos recalentados o campiñas monzónicas a pleno pulmón sobre horizontes sin fin.
Después dejé también la bici. Ahora ando. Me encanta pasear. Una hora por la mañana y una hora por la tarde [...]

No quiero dejar pasar  la breve cita de Ignacio sin recalcar dos palabras que son clave en la vida de oración. Dice Ignacio que los ejercicios espirituales son para «preparar y disponer». Son palabras de exactitud teológica y consecuencias practicas. 
Todo esfuerzo -y a él nos consagramos con toda nuestra energía y nuestra ilusión- va enderezado a esa tarea humildemente concreta: preparar y disponer. La gracia de Dios está ya presente en ese preparar y disponer, y aprovechará después en plenitud la base de esa preparación y disposición para levantar sobre ella los caminos de sus encuentros  y los escenarios de su presencia. Así guardamos el equilibrio tan importante en tod empresa del espíritu: esfuerzo generoso sin remitir en nada, y confianza rendida en  esperar la acción de quien convierte esa preparación en realidad plena más allá de todo mérito o capacidad nuestros. Todo está en prepararse y prepararse con enstusiasmo. Lo demás vendrá a su tiempo.

¿Qué hago si ningún método de oración me atrae? Hablarlo suavemente con Dios. Ése puede ser un principio de oración.


*Se refiere a San Ignacio de Loyola.
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