22.9.11

DE LA ORACIÓN DE PETICIÓN

Justo ahora que en mi tierra, México, sentimos cada vez más cerca la sombra de la violencia, y las noticias de secuestros  y peligros ya vienen no del noticiero sino de mis amigos cercanos  y mis seres queridos, noto cómo una parte en mí se va asustando progresivamente…  Y reconozco que moverme desde el miedo sólo me expone más, porque me aleja de mi centro, de mi fuerza interna, de mi esencia y cualquiera es presa del peligro en esa circunstancia.
Y busco como un movimiento genuino y casi automático, la oración... la busco como vía de descanso y  de sostenimiento….  Pero me doy cuenta que muchas veces no me basta con pedir la protección para mis seres queridos, que hay algo en mí que honestamente, se queda inquieto…
Entonces me pregunto con la misma inquietud cuál es el sentido de la oración, y me pregunto  ¿cómo hago para que orar no se vuelva una especie de “placebo” en el cual sólo expreso mi propio miedo y así sin darme cuenta, sigo dándole poder a eso que me asusta?...

Encuentro luz  y entendimiento en las palabras de Carlos G. Vallés, sobre un sentido más profundo  de la oración de petición: Qué importa el “éxito” de la oración cuando tenemos el “contacto” -dice-.
Qué importa la violencia de afuera, si yo logro acercarme a esa actitud interna de eseamoroso descanso” en la presencia adivinada de quien sabemos nos Ama y que Es Amor puro…
…entonces, desde ese lugar de amoroso descanso en mí -cuando lo consigo-, logro mirar que la violencia puede llegar, y si yo me fortalezco en Su presencia de Amor siempre estaré protegida, incluso más allá de la muerte… Y también puede pasar que nunca llegue la violencia, porque yo sé de cierto y confío plenamente que el Amor es la fuerza que sostiene todo. Y donde hay amor, es imposible que haya destrucción…
Vuelvo acción cada día mi fe.

Como dice Santa Teresa:

Olvido de lo Creado
Memoria del Creador,
Atención al interior
Y estarse amando al Amado


Aquí transcribo algunos fragmentos de la reflexión de Carlos G. Vallés acerca de la oración de petición en su libro “Orar en primera persona” Ed. El pozo de Siquiem. Ojalá les sirva.


...También entiendo que la oración no es el único camino,  y que es necesario y conveniente  buscar soluciones en cualquiera de los ámbitos en los que nos desenvolvamos en la vida... pero esa es otra reflexión...


Con mucho cariño,
Gabi


***

La oración de petición ferviente y concreta es, de alguna manera, a base de toda oración, por la relación que crea entre la persona que ora y aquel a quien ora. Hay fe; hay esperanza; hay sentirse criatura ante el Creador, e hijo o hija ante el Padre; hay intimidad en confiar lo más íntimo del alma en lo más directo de las palabras. […]

Ver a mi madre rezar por mí [cuando tuve pulmonía que, en aquellos años era una enfermedad fatal] y por mi padre [que, después de todos esos meses de oración diaria, finalmente murió de una infección  gangrenosa de garganta, que las medicinas de entonces no sabían curar] era formar familia de la manera más íntima que conozco. […]

La oración de petición personal y sincera, une voluntades, acerca vidas, crea cercanías. Lo sabemos cuando al final de una carta o de una conversación con alguien a quien  amamos, le decimos y  oímos que nos dice: « Reza por mí »; « Rezaré mucho por ti»… Si esas palabras no se han hecho fórmula por el uso y la rutina, son la mejor manera de decir delicadamente: « Te quiero ».

Una pequeña   historia de fe islámica que en la oración de petición es válida en sí misma, por el vínculo que, en todo caso establece entre el que ora y el que establece la oración:

Un piadoso musulmán rezaba todos los días ante Dios, y todos los días le suplicaba una gracia que deseaba le concediese. Se colocaba siempre para su oración en el mismo rincón de la mezquita, y tantos años pasaron y tantas veces repitió su oración que, según cuentan, las señales de sus rodillas y de sus pies quedaron marcadas sobre el mármol del suelo sagrado.
Pero Dios parecía no oír su oración, parecía no enterarse ni siquiera de que alguien le invocaba.

 Un día por fin se le apareció al devoto musulmán en su oración un ángel de Dios y le dijo: «Dios ha decidido no concederte lo que le pides». Al oír el mensaje del ángel, el buen hombre comenzó a dar voces de alegría, a saltar de gozo, a contar lo que había sucedido a todos los que se reunían a verlo. La gente le preguntó sorprendida: «¿Y de qué te alegras, si Dios no te ha concedido lo que pedías?» A lo que él contestó rebozándole el gozo sincero en cada palabra:«¡Es verdad que me lo ha negado, pero al menos así sé que mi oración llegó hasta Dios! ¿Qué más puedo desear?»

Oración es saber que mi voz llegó a Dios. La fe de saber que el mensaje llegó a su destino, que mis palabras sonaron en oídos divinos, que la tierra tocó el cielo. ¿Qué importa el “éxito” de la oración cuando tenemos “el contacto”? Ése es su sentido. Así concebida la oración de petición, es casi independiente de su resultado. Yo sané, y mi padre murió; pero en ambos caso se cumplió el ejercicio de fe, la unión del carió, la fuerza recibida para afrontar el dolor y continuar la vida. Esa energía se da siempre en la petición sentida y en ella está su valor y su eficacia.

Al hacer nuestras peticiones a Dios […] no se trata de manipular la creación para que se acomode a nuestros gustos personales. Ése es un modo muy estrecho de entender la oración de petición, que no puede menos de acabar en la frustración al ver que muchas veces pedimos, y pedimos con fe, y el resultado pedido no se obtiene. Y es que la oración de petición es válida en sí misma; en su confianza y en su entrega; en su  interés por los demás y  por nuestra propia vida y salud y trabajo; en su vínculo renovado entre nosotros mismos; y entre Dios y nosotros; en su ejercicio de […] humildad y dependencia filial de Dios  en su amor y providencia. Ése es el verdadero sentido de la oración de petición, más que la consecución literal del favor pedido.

No se trata de manipular la naturaleza, si lo hacemos, la vida se convierte en un desierto, como en desierto se está convirtiendo gran parte de la superficie del planeta por la acción inconsiderada de los seres humanos que la habitamos.

Hay que dejarle a la vida sus montañas y sus valles, y al mismo tiempo hay que presentarle nuestros deseos ante Dios para que vea que estamos vivos, que no somos fatalistas que pensamos y  queremos y planeamos y deseamos, y con todo y con eso,  siempre nos conformamos con su visión y providencia, que sabemos es el mejor curso para nosotros y para todos  en todo momento y en cualquier circunstancia.
Es ley de amistad  presentar al amigo nuestros deseos e intereses, y luego dejarle libre para que reaccione enteramente a su manera ante nuestra propuesta. Libertad en manifestar y libertad en reaccionar. Ésa es la base de la amistad, y ésa es la base de la oración. La mutua libertad garantiza la intimidad.

De alguna manera odas las oraciones llevan una traza de petición en su diseño. La meditación discursiva nos hace reflexionar con profundidad sobre un tema; la contemplación afectiva  hace que la cabeza trabaje menos y el corazón más. Comenzamos con los comentarios al evangelio, pasamos al mismo evangelio, y en el evangelio mismo vamos reduciendo el texto detallándolo a sus rasgos esenciales, a una l, un gesto, un ambiente, una inspiración que resume la escena y nos transmite su encanto más con sentirla que con estudiarla; y aún el silencio recogido de la mística es expresión elocuente de la presencia y la necesidad y el deseo que no dice nada porque lo espera todo. La petición está siempre presente aunque no abramos a boca. […] Si sabemos permanecer callados en fervor de fe, pronto oiremos la pregunta llena de cariño: «¿Qué te ha pasado?»; y hablará el corazón.

1.7.11

DEL ESPÍRITU. UNA VISIÓN CRISTIANA


Fragmentos de la introducción de Jean Muttapa al libro La Palabra en el corazón del cuerpo EL Ser y el Cuerpo. de Jean Muttapa y Annick de Souzenelle.

[…] “Si el Espíritu Santo del que habláis, no es capaz de mover montañas en vosotros, de hacer explotar las normas de vuestras conciencias,  de levantar vuestros cuerpos y alivianar  vuestros corazones, ¿de qué sirve? ¡Ephata! Ábranse”. […]

¿Existe acaso un solo fiel en la iglesia? Tal era la pregunta que me hacía, y así, me fui alejando de esa máquina que, según mi parecer, había producido más criminales que santos. Sí, a mis ojos de rebelde no cabía duda alguna: cruzados, conquistadores cuyas exacciones eran encubiertas por los Papas, inquisidores de toda especie, misioneros colonialistas y otros santos antisemitas, habían sido siempre mucho, muchísimo más numerosos que los Francisco de Assis y los Vicente de Paul.  Ya sea con su consentimiento tácito, me decía, o bien a regañadientes, los santos nunca han sido invocdos sino a título de aprovechamiento. Por ello, el balance de las instituciones eclesiales no deja de ser negativo, como el de todas las estructuras totalitarias: globalmente negativo.

Crítica acerva en cuyo fuego se consumía mi fervor juvenil. […] no había comprendido que el Amor nada tiene que hacer con negativas, por que las integra y las supera mil veces, y en el fondo sólo nos pide lo más simple y lo más difícil: decir sí a la vida. Los revoltosos no son mejores que los resignados [en la medida que] son incapaces de reencontrar en sí mismos ese gran Amén, y de vivir el presente al ritmo de la Presencia que a todos nos habita.

[…] De hecho, me enseñó que lo esencial consiste en saber ver; ver que la verdadera vida está, en todo momento, al alcance de nuestra mirada y que, más allá de las palabras, de los  ritos y de las creencias, más allá de los pensamientos y de las teorías sobre el mundo y sobre el Hombre [como especie], existe el entusiasmo. Ese Soplo interior del que nadie nunca sabe de dónde viene y hacia dónde va,  y que sopla onde quiere en el fondo de nuestras tinieblas, es Dios.

“¿Sabíais que ser natural, profundamente natural, es ser también sobrenatural?”... “Lo Absoluto no está al alcance del hombre, sino en el corazón del hombre”… “Tú sólo eres por lo que tú transmites y no por lo que crees ser” (1) Semejantes palabras para vivirlas me acercaron a un Dios danzarín, a un Dios que no sería amo todo poderoso sino maestro de ballet, a un Dios de quien los poetas, los funámbulos y los niños que juegan a la rayuela están más cercanos que los que se tildan de sabios: “Dios es aquél que enseña la embriagues controlada, Él es el maestro y sólo en tus manos está hacer de lo que pareces, un esbozo de maestría que hará al ser danzar en ti”.

[…]Porque las tinieblas también existen y cuando las miro de cerca, me parecen todopoderosas. Entonces mi credo vuelve a ser el de un impío; y en aquellos momentos, como muchos de mis contemporáneos “alejados de Dios” pero que guardan de él una secreta nostalgia, sólo consigo  ver el caos que reina en el planeta.

[…]Cuando observo en mí mismo ese proceso de atracción irresistible y de redescubrimiento [se refiere al judeo-cristianismo], vuelvo a pensar, desde el fondo de mi impiedad, en las notables palabras de Jung, no obstante tan fascinado por el sentido oriental de la no dualidad: “De hecho –decía- ¿cuántos seres humanos existen que puedan asevera con sinceridad que ya terminaron con el diablo y que, por consiguiente, pueden permitiré echar por la borda el símbolo cristiano?

Recuerdo entonces ciertos pasajes del Evangelio (leídos según la manera preconizada por el sacerdote –escritor Jean Sullivan: “tal como si lo acabarais de descubrir en casa de un librero”), esos pasajes donde Cristo –sin construir jamás teoría alguna sobre el Bien y el Mal- sana, sigue sanando, combate a la muerte y habla para la vida […]


1)      Cf. Le Fou le Créateur y Aux sources de la Présence. Albin Michel; Offrande, Albin Michel/ Sève

11.6.11

CLASICE LISPECTOR I 




"Un día, antes de casarse, cuando aún vivía su tía, había visto a un hombre comiendo con glotonería. Había visto aquellos ojos desencajados, brillantes y estúpidos, mientras intentaba no perder ni el menor sabor del alimento. Y la mano, las manos. Una de ellas sujetando el tenedor clavado  en un pedazo de carne sanguinolenta -no silenciosa, ni quieta, sino vivísima, irónica, inmoral-, mientras la otra se crispaba sobre el mantel, arañándolo nerviosamente, ya con el ansia de comer un nuevo bocado. Debajo de la mesa las piernas marcaban el compás de una música inaudible, la música del diablo, de la pura e incontenida violencia. La ferocidad, la riqueza de su color... Rojiza en los labios y en la base de la nariz, pálida y azulada bajo los ojos menudos. Juana se había estremecido horrorizada delante de su pobre café. Pero después no sabía si fue de repugnancia o de fascinación y voluptuosidad. Seguro que de ambas cosas. Sabía que el hombre era una fuerza. No se sentía capaz de comer como él, era sobria por naturaleza, pero aquella demostración la perturbaba. También la emocionaba leer las terribles historias de los dramas donde la maldad era fría e intensa como un baño de hielo. Era como si hubiera visto beber agua a alguien y de pronto hubiera descubierto que ella tenía sed, una sed vieja y profunda. Tal vez fuera sólo falta de vida: estaba viviendo menos de lo que podía y su sed tal vez pedía inundaciones. O tal vez sólo unos sorbos... Es una lección, es una lección diría la tía: nunca hay que adentrarse, nunca hay que robar antes de saber si lo que quieres robar existe en alguna parte honestamente reservado para ti. ¿O no? Robar hace todas las cosas más valiosas.
El gusto del mal -masticar rojo, engullir fuego empalagoso.
No debo acusarme. Tengo que buscar la base del egoísmo: todo lo que no soy no me puede interesar, es imposible ser algo que no se es -sin embargo yo me excedo a mí misma incluso sin el delirio, soy más de lo que suelo ser normalmente-; tengo un cuerpo y todo lo que haga es continuación de mi principio; si la civilización de los mayas no me interesa, es porque nada tengo dentro de mí que se pueda relacionar con sus bajorrelieves; acepto todo lo que viene de mí porque no tengo conocimiento de las causas y es posible que esté hollando lo más vital sin saberlo; y esa es mi mayor humildad, adivinaba.

Fragmento de Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector. Capítulo 2

9.6.11

DE LA ORACIÓN I
PREPARAR Y DISPONER
Fragmentos de Cuéntame cómo rezas. Orar en primera persona, de Carlos G. Vallés
 
Mi padre Ignacio* comienza sus célebres Ejercicios Espirituales  comparándolos, en su clásica introducción, a los ejercicios corporales: «Así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales, por la mesma manera todo modo de preparar y disponer el ánima..., se llaman exercicios espirituales». Y me aprovecho de esta comparación para aplicar a los ejercicios de oración el buen consejo de los ejercicios físicos: lo sabio es escoger una manera de oración diaria que nos sea agradable practicar. Si no es así, pronto la dejaremos o, lo que en mi opinión es peor, ese rato diario de oración se transformará en algo rutinario, forzado, esclerotizado, que puede hacer más mal que bien, secando energías y endureciendo actitudes. Es esencial que el ejercicio nos guste si queremos perseverar en él.
[...] Después agarré la bicicleta. Mi ciudad de Ahmeabad y sus alrededores son totalmente llanos y una bicicleta sólida y pesada, sin cambio de marchas, es el vehículo ideal entre e tráfico espeso y animado de sus calles y carreteras. Ni yo mismo sé los kilómetros que habré recorrido pedaleándo alegremente por asfaltos recalentados o campiñas monzónicas a pleno pulmón sobre horizontes sin fin.
Después dejé también la bici. Ahora ando. Me encanta pasear. Una hora por la mañana y una hora por la tarde [...]

No quiero dejar pasar  la breve cita de Ignacio sin recalcar dos palabras que son clave en la vida de oración. Dice Ignacio que los ejercicios espirituales son para «preparar y disponer». Son palabras de exactitud teológica y consecuencias practicas. 
Todo esfuerzo -y a él nos consagramos con toda nuestra energía y nuestra ilusión- va enderezado a esa tarea humildemente concreta: preparar y disponer. La gracia de Dios está ya presente en ese preparar y disponer, y aprovechará después en plenitud la base de esa preparación y disposición para levantar sobre ella los caminos de sus encuentros  y los escenarios de su presencia. Así guardamos el equilibrio tan importante en tod empresa del espíritu: esfuerzo generoso sin remitir en nada, y confianza rendida en  esperar la acción de quien convierte esa preparación en realidad plena más allá de todo mérito o capacidad nuestros. Todo está en prepararse y prepararse con enstusiasmo. Lo demás vendrá a su tiempo.

¿Qué hago si ningún método de oración me atrae? Hablarlo suavemente con Dios. Ése puede ser un principio de oración.


*Se refiere a San Ignacio de Loyola.
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